| Este
finde hice una fugaz escapada a mi tierruca, que la
tenía muy abandonada y a la que ya no puedo volver
hasta agosto. Salí al campo las tardes del sábado
y domingo.
A pesar de la bajada de temperaturas,
la chicharra seguía proclamando su breve reinado
estival, así que me metí en un bosque
de ribera de los mejorcitos que tenemos por aquí.
El cauce de este importante río (Múrtigas)
va muy mermado, cosa preocupante teniendo en cuenta
que es el más caudaloso de la Sierra de Aracena.
Quedaba al descubierto la mayor parte del cauce del
río, alfombra de cantos y guijarros salpicados
de vez en cuando con charcos de días contados
y aguas oscuras, en los que se veían algunas
ranas comunes y algún pequeño sapo sp.
recién metamorfoseado. Las aguas, a pesar de
estar ahora ceñidas por el estío, siguen
empeñándose en correr juguetonas y caprichosas,
cambiando de rumbo con leves giros y deslizándose
a veces con sigilo y a veces con alboroto.
La ribera es preciosa en esa zona, los
alisos flanquean el ancho cauce, y al tener los troncos
doblados casi se unen en las copas los de una orilla
y la otra, creando una galería de sombra continua
que cubre el río y que se convierte en un oasis
entre el reino de las jaras asolanadas. Anduve un buen
tramo metido en la sombra, atento el oído y bajada
la vista, tratando de leer el mensaje de pelo que el
chaparrón del otro día dejó en
los barros de las orillas del río. Meloncillos,
zorros, nutrias y venados dejaron sus huellas impresas
junto a las de otras ánimas da noite que no pude
identificar.
A pesar del efecto oasis del fresco y precioso pasillo
de sombra de la aliseda, los pájaros a esas horas
no se prodigaban mucho. Abundaban los pollos de petirrojos,
patitos feos que empiezan ahora a descubrir mundo, y
los bandos de verderones que bajaban a beber. Salí
de la sombra y campeé por la ladera, un pajarillo
cruzó a toda velocidad las copas de los árboles,
pero no tan rápido como para librarse de mi:
lo llamé y no tardó en responder, el pico
menor posiblemente también tiene o habrá
tenido su nido por la ribera. Luego cantó otro,
haciendo compañía a una capirotada que
se desgañitaba por allí. Cuando ya me
iba, un joven roquero solitario se dejó caer,
posándose en un afilado cuchillar.
Cambié de escenario, y me fui a
un arroyo jalonado de adelfas y algunos rodales dispersos
de arbolado. La tarde caía y yo aguardaba sobre
un viejo puente, con la esperanza fallida de localizar
algún cafre que estuviera de polizón entre
los grupos de hirundínidos. Un andarríos
grande salió de la orilla, primero del paso post
o quizá un veraneante que no ha criado. Casi
por turnos bajaban a beber gorriones, pardillos, jilgueros,
un papamoscas gris, un zarcero, tarabillas,… es
el milagro del agua en los veranos secos de Iberia,
donde cualquier charco se convierte en aliviadero esencial
del bicherío. Un grupito de estrildas apareció
para poner la nota exótica, contrastando el precioso
rojo de sus antifaces con las restallonas flores de
las adelfas. El tiempo se escurría, y el sol
iba cayendo, dotando al campo de la mejor de las luces.
A esas horas, los montes se van haciendo más
hospitalarios bajo la luz anaranjada del sol en la recta
final del día, y con ello empieza la animación.
En el prado, a orillas del arroyo, las golondrinas comunes
y dáuricas, charlatanas en numerosos grupos,
atrapaban insectos.
En otro puente cercano, la pareja de cernícalos
daba las últimas cebas del día a sus pollos.
Una culebrera –Ojos de la Sierra- apareció
cerca de mi, volando sobre un grupo de pinos, hasta
posarse. Siguiéndola descubrí que eran
dos las que estaban posadas en las copas de los pinos,
quizá tengan cerca el nido. A lo lejos apareció
la reina de los cielos serranos, un adulto grande y
con las alas tan curvadas que parecía que se
partiría en dos, volando sobre el riscal donde
tiene su nido. El ratonero maullaba desde una torre
de luz, y un milano negro campaba de un lado a otro,
para acabar con una calzada clara que completó
la tarde de rapaces, nada mal. Una cigüeña
negra, negra como el azabache y de pico rojo como clavel
de solapa argentina, vino de lejos y se fue acercando,
hasta que acabó colocándose a pocos metros
de mi cabeza; todo un espectáculo de la belleza
más esquiva de la Sierra.
Dejé a las culebreras oteando desde los pinos,
luz en cara y brisa en la nuca, y a la tórtola
que arrullaba en la ribera, para irme a otro río
a rematar la tarde y a ver si caía alguna lutra.
Cuando llegué la luz escaseaba, pero aún
había bandos de vencejos y aviones, ambos comunes,
cazando insectos sobre el agua y en los alrededores
del río. Los ocultos tramoyistas serranos fueron
bajando el telón del día y subiendo el
de la noche, con tranquilidad suficiente para así
hacer coincidir a aviones y murciélagos dando
pasadas sobre la lámina de agua de la poza, en
una preciosa demostración de cómo beber
en vuelo. Las sombras se fueron imponiendo, la noche
empezó a caer aliviando los calores acumulados
de la tierra; un colirrojo real reclamó desde
el alcornocal, los peces jugaban en el agua, llenando
el río de ondas. La nutria no apareció,
y yo –ya de noche- me volví a casa pensando
que otra vez sería…
A la tarde siguiente, la de ayer, me fui a otro río
a probar suerte de nuevo. Primero paseé por la
vieja fresneda, la más importante y grande de
estas sierras. Todo inundado de jóvenes promesas
en sus primeros pasos: pollos de alcaudón común
y real pedían escandalosamente cebas desde cualquier
árbol o arbusto, bandos de fringílidos
se alimentaban en los cardos, tres pollos pequeños
de gallineta se perdieron entre las mojadas raíces
de los árboles de la ribera. Las tórtolas
turcas cantaban al cobijo de los cercanos comederos
de vacas, mientras un par de sus bravías primas
volaban embaladas del río hacia las encinas,
recelosas y huidizas ante el hombre. Un vencejo pálido
volaba en silencio entre aviones roqueros y comunes
-identificación posible gracias a la inmejorable
luz- y lavanderas blancas y cascadeñas ponían
sus notas a cada paso sobre las rocas de las orillas;
el martín silbó y pasó como flecha
turquesa rozando las aguas.
Otra vez el día empezaba
a despedirse remolón, el sol iba cayendo y el
río elevaba su fresca humedad, de nuevo los tramoyistas
haciendo de las suyas. De
pronto, sorpresa: dos conejos salieron del matorral
y corrieron rápido por un cortafuegos, estampa
ya casi extraña por estos lares. Unos segundos
después apareció en el mismo sitio la
gran culebra peluda, terror de lagomorfos…un meloncillo
enorme -que seguro andaba detrás de los conejos-
cruzó veloz el raspaero para perderse de nuevo
en sus dominios del laberinto de matorral, ocultándose
entre aromas de romero y jara. Yo seguí y me
senté en una piedra sobre un ensanche del río,
pozas querenciosas de las nutrias que viven aquí.
El cielo, azul intenso apenas una hora antes, era ya
un papel de color cambiante que pasaba del naranja melocotón
al rosa intenso, palideciendo luego para dejar finalmente
paso a un tono grisáceo menos atractivo, presagio
de la llegada del reinado de plata de la luna. Bandos
de estorninos cruzaron sobre mi, y era posible oír
el zumbido de sus alas en el casi absoluto silencio
del crepúsculo. Un grupo de abejarucos entró
en escena, banda sonora que no cuadraba mucho con esos
momentos de huida de la luz, pero que parecían
decididos a sustituir los colores que se escurrían
del cielo con su alegría de colorido y cante.
Las tarabillas apuraban el día
y cebaban a sus pollos posadas en los tamujos, y una
garza llegó y se posó en una adelfa. La
nutria no aparecía ni llevaba trazas de hacerlo,
a pesar de que seguro estaría por allí,
escondida en la madriguera o al abrigo del matorral
de la ribera; y es que -como tantas otras veces- la
Naturaleza se encarga de demostrarnos que en el campo
nada es seguro y que dos y dos pueden no ser cuatro.
Pero esto a veces juega a nuestro favor: la garza no
tenía tanta realeza como pensé en un principio,
y desde lo alto del habitual posadero de la garza real
que está casi siempre por esta zona, la ardeida
dobló el cuello para mostrar mejor los colores
rojizos y anaranjados propios de su especie; así
pues, mi primera cita de garza imperial en estas fechas
en la serranía onubense, otra sorpresita de la
tarde.
Contento por el bonito atardecer, por el buen rato de
sencillo campeo y por poder disfrutar de nuevo de mi
Sierra, me levanté de la piedra y me marché
casi sin luz, dejando atrás las aguas donde las
ranas cantaban, los peces asomaban el hocico y donde
tal vez dentro de un rato la nutria volvería
a hacer de las suyas.
Un poco cursi, pero esos momentos de soledad en el campo
en los momentos mágicos y siempre diferentes
de cada día se meten dentro y hacen que nada
más montarme en el coche ya esté echando
de menos estas serranías onubenses…me despido
de ellas hasta agosto, seguro que las echaré
de menos cuando dentro de un par de semanas cambie sus
alcornoques y jarales por los robles y hayas del Cantábrico.
Y es que la fragosa Sierra Morena, con sus cosas buenas
y también malas, engancha por dentro, o al menos
conmigo lo hace...
Rafa Romero, Mayo 2005, Huelva
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