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EL FORO DE GOCE

En este apartado se pretende dar una idea de algunos de los temas que se han tratado recientemente en el foro de Goce.

El foro de Goce no tiene objetivos específicos de tipo científico o académico. Es un foro en el sentido sencillo de una plaza (virtual) donde un grupo de amigos (algunos de los cuales no se conocen cara a cara) de parecidas inquietudes y una sensibilidad común puedan encontrarse para compartir sus impresiones y experiencias, aprender el uno del otro, enseñar al próximo (hasta donde les sea posible), entusiasmarse, pasmarse, polemizar . . . hasta provocar, picar y guasearse.

Nos llevamos muy bien. No se ponen limitaciones a la condición de “socio” ni a los temas a tratar. Algunos foreros no viven en Extremadura y algunos mensajes no se limitan a esta zona geográfica. Pero todos sí comparten el mismo deseo comprometido de conservar la belleza deslumbrante de Extremadura y las zonas colindantes, denunciar las amenazas y atentados, disfrutar de los hallazgos y proezas de otros, ayudar en la identificación de las especies y en cuanto es posible hacer todo esto con buena fe y buen rollo. ¿Te animas?

Dave Langlois

Contacto: goce@telefonica.net

Resumen número 1 recopilado por Dave Langlois

Primavera 2005

Dos recientes mensajes del foro hablan de la relación del hombre con su entorno natural.

El primero, de Rafa Romero, nos da un relato delicioso de una visita que hizo a su queridísima Sierra de Aracena. Hay una forma de ver pájaros que consiste in ir corriendo a cualquier sitio por muy feo que sea en donde aparezca una rareza, para tacharla de la lista. Incluso hay “líneas calientes” que alimentan esta afición. Bueno, si son felices parados hombro a hombro con mil personas más todos con sus telescopios apuntando al pobrecito Archibebe Fino de turno, allá ellos. El tipo de observación que nos muestra Rafa es del polo opuesto; consiste en visitar una vez tras otra un sitio conocido para sonsacar de ello todo lo que tiene atesorado en sus entresijos. Porque cada visita se hace a un sitio diferente, con diferente luz, diferente tiempo, en diferentes épocas y con diferentes humores del observador. Y no vio su nutria. Otra vez será, Rafa.

Este finde hice una fugaz escapada a mi tierruca, que la tenía muy abandonada y a la que ya no puedo volver hasta agosto. Salí al campo las tardes del sábado y domingo.

A pesar de la bajada de temperaturas, la chicharra seguía proclamando su breve reinado estival, así que me metí en un bosque de ribera de los mejorcitos que tenemos por aquí. El cauce de este importante río (Múrtigas) va muy mermado, cosa preocupante teniendo en cuenta que es el más caudaloso de la Sierra de Aracena. Quedaba al descubierto la mayor parte del cauce del río, alfombra de cantos y guijarros salpicados de vez en cuando con charcos de días contados y aguas oscuras, en los que se veían algunas ranas comunes y algún pequeño sapo sp. recién metamorfoseado. Las aguas, a pesar de estar ahora ceñidas por el estío, siguen empeñándose en correr juguetonas y caprichosas, cambiando de rumbo con leves giros y deslizándose a veces con sigilo y a veces con alboroto.

La ribera es preciosa en esa zona, los alisos flanquean el ancho cauce, y al tener los troncos doblados casi se unen en las copas los de una orilla y la otra, creando una galería de sombra continua que cubre el río y que se convierte en un oasis entre el reino de las jaras asolanadas. Anduve un buen tramo metido en la sombra, atento el oído y bajada la vista, tratando de leer el mensaje de pelo que el chaparrón del otro día dejó en los barros de las orillas del río. Meloncillos, zorros, nutrias y venados dejaron sus huellas impresas junto a las de otras ánimas da noite que no pude identificar.

A pesar del efecto oasis del fresco y precioso pasillo de sombra de la aliseda, los pájaros a esas horas no se prodigaban mucho. Abundaban los pollos de petirrojos, patitos feos que empiezan ahora a descubrir mundo, y los bandos de verderones que bajaban a beber. Salí de la sombra y campeé por la ladera, un pajarillo cruzó a toda velocidad las copas de los árboles, pero no tan rápido como para librarse de mi: lo llamé y no tardó en responder, el pico menor posiblemente también tiene o habrá tenido su nido por la ribera. Luego cantó otro, haciendo compañía a una capirotada que se desgañitaba por allí. Cuando ya me iba, un joven roquero solitario se dejó caer, posándose en un afilado cuchillar.

Cambié de escenario, y me fui a un arroyo jalonado de adelfas y algunos rodales dispersos de arbolado. La tarde caía y yo aguardaba sobre un viejo puente, con la esperanza fallida de localizar algún cafre que estuviera de polizón entre los grupos de hirundínidos. Un andarríos grande salió de la orilla, primero del paso post o quizá un veraneante que no ha criado. Casi por turnos bajaban a beber gorriones, pardillos, jilgueros, un papamoscas gris, un zarcero, tarabillas,… es el milagro del agua en los veranos secos de Iberia, donde cualquier charco se convierte en aliviadero esencial del bicherío. Un grupito de estrildas apareció para poner la nota exótica, contrastando el precioso rojo de sus antifaces con las restallonas flores de las adelfas. El tiempo se escurría, y el sol iba cayendo, dotando al campo de la mejor de las luces. A esas horas, los montes se van haciendo más hospitalarios bajo la luz anaranjada del sol en la recta final del día, y con ello empieza la animación. En el prado, a orillas del arroyo, las golondrinas comunes y dáuricas, charlatanas en numerosos grupos, atrapaban insectos.

En otro puente cercano, la pareja de cernícalos daba las últimas cebas del día a sus pollos. Una culebrera –Ojos de la Sierra- apareció cerca de mi, volando sobre un grupo de pinos, hasta posarse. Siguiéndola descubrí que eran dos las que estaban posadas en las copas de los pinos, quizá tengan cerca el nido. A lo lejos apareció la reina de los cielos serranos, un adulto grande y con las alas tan curvadas que parecía que se partiría en dos, volando sobre el riscal donde tiene su nido. El ratonero maullaba desde una torre de luz, y un milano negro campaba de un lado a otro, para acabar con una calzada clara que completó la tarde de rapaces, nada mal. Una cigüeña negra, negra como el azabache y de pico rojo como clavel de solapa argentina, vino de lejos y se fue acercando, hasta que acabó colocándose a pocos metros de mi cabeza; todo un espectáculo de la belleza más esquiva de la Sierra.


Dejé a las culebreras oteando desde los pinos, luz en cara y brisa en la nuca, y a la tórtola que arrullaba en la ribera, para irme a otro río a rematar la tarde y a ver si caía alguna lutra. Cuando llegué la luz escaseaba, pero aún había bandos de vencejos y aviones, ambos comunes, cazando insectos sobre el agua y en los alrededores del río. Los ocultos tramoyistas serranos fueron bajando el telón del día y subiendo el de la noche, con tranquilidad suficiente para así hacer coincidir a aviones y murciélagos dando pasadas sobre la lámina de agua de la poza, en una preciosa demostración de cómo beber en vuelo. Las sombras se fueron imponiendo, la noche empezó a caer aliviando los calores acumulados de la tierra; un colirrojo real reclamó desde el alcornocal, los peces jugaban en el agua, llenando el río de ondas. La nutria no apareció, y yo –ya de noche- me volví a casa pensando que otra vez sería…

A la tarde siguiente, la de ayer, me fui a otro río a probar suerte de nuevo. Primero paseé por la vieja fresneda, la más importante y grande de estas sierras. Todo inundado de jóvenes promesas en sus primeros pasos: pollos de alcaudón común y real pedían escandalosamente cebas desde cualquier árbol o arbusto, bandos de fringílidos se alimentaban en los cardos, tres pollos pequeños de gallineta se perdieron entre las mojadas raíces de los árboles de la ribera. Las tórtolas turcas cantaban al cobijo de los cercanos comederos de vacas, mientras un par de sus bravías primas volaban embaladas del río hacia las encinas, recelosas y huidizas ante el hombre. Un vencejo pálido volaba en silencio entre aviones roqueros y comunes -identificación posible gracias a la inmejorable luz- y lavanderas blancas y cascadeñas ponían sus notas a cada paso sobre las rocas de las orillas; el martín silbó y pasó como flecha turquesa rozando las aguas.

Otra vez el día empezaba a despedirse remolón, el sol iba cayendo y el río elevaba su fresca humedad, de nuevo los tramoyistas haciendo de las suyas. De pronto, sorpresa: dos conejos salieron del matorral y corrieron rápido por un cortafuegos, estampa ya casi extraña por estos lares. Unos segundos después apareció en el mismo sitio la gran culebra peluda, terror de lagomorfos…un meloncillo enorme -que seguro andaba detrás de los conejos- cruzó veloz el raspaero para perderse de nuevo en sus dominios del laberinto de matorral, ocultándose entre aromas de romero y jara. Yo seguí y me senté en una piedra sobre un ensanche del río, pozas querenciosas de las nutrias que viven aquí. El cielo, azul intenso apenas una hora antes, era ya un papel de color cambiante que pasaba del naranja melocotón al rosa intenso, palideciendo luego para dejar finalmente paso a un tono grisáceo menos atractivo, presagio de la llegada del reinado de plata de la luna. Bandos de estorninos cruzaron sobre mi, y era posible oír el zumbido de sus alas en el casi absoluto silencio del crepúsculo. Un grupo de abejarucos entró en escena, banda sonora que no cuadraba mucho con esos momentos de huida de la luz, pero que parecían decididos a sustituir los colores que se escurrían del cielo con su alegría de colorido y cante.

Las tarabillas apuraban el día y cebaban a sus pollos posadas en los tamujos, y una garza llegó y se posó en una adelfa. La nutria no aparecía ni llevaba trazas de hacerlo, a pesar de que seguro estaría por allí, escondida en la madriguera o al abrigo del matorral de la ribera; y es que -como tantas otras veces- la Naturaleza se encarga de demostrarnos que en el campo nada es seguro y que dos y dos pueden no ser cuatro. Pero esto a veces juega a nuestro favor: la garza no tenía tanta realeza como pensé en un principio, y desde lo alto del habitual posadero de la garza real que está casi siempre por esta zona, la ardeida dobló el cuello para mostrar mejor los colores rojizos y anaranjados propios de su especie; así pues, mi primera cita de garza imperial en estas fechas en la serranía onubense, otra sorpresita de la tarde.


Contento por el bonito atardecer, por el buen rato de sencillo campeo y por poder disfrutar de nuevo de mi Sierra, me levanté de la piedra y me marché casi sin luz, dejando atrás las aguas donde las ranas cantaban, los peces asomaban el hocico y donde tal vez dentro de un rato la nutria volvería a hacer de las suyas.


Un poco cursi, pero esos momentos de soledad en el campo en los momentos mágicos y siempre diferentes de cada día se meten dentro y hacen que nada más montarme en el coche ya esté echando de menos estas serranías onubenses…me despido de ellas hasta agosto, seguro que las echaré de menos cuando dentro de un par de semanas cambie sus alcornoques y jarales por los robles y hayas del Cantábrico. Y es que la fragosa Sierra Morena, con sus cosas buenas y también malas, engancha por dentro, o al menos conmigo lo hace...

Rafa Romero, Mayo 2005, Huelva

 

El segundo mensaje nos habla de la emoción que se siente cuando se hace una visita a un sitio conocido y de repente, después de quizás decenas de visitas sin ver nada apreciable, se encuentra una especie inesperada o un nido desconocido. En esta ocasión Javier Prieta nos describe su alegría al descubrir un nuevo nido de cigüeña negra. Es de destacar como, por toda su emoción y afán científico, su primera preocupación es de no ser la causa de molestias a las aves.

Me senté a contemplar el paisaje, muy hermoso en un día tan
claro. A pesar de la sequía, que aquí no se nota tanto. Entonces veo
enfrente una cigüeña negra. La sigo con el telescopio mientras da vueltas y vueltas y vueltas. Parece que quiere bajar al Jerte a papear. No es raro verlas aquí, hay 1-2 nidos en un roquedo a mi espalda.

Pero sigue dando vueltas. Hasta que se dirige a la ladera de enfrente y ¡¡se mete en un roble¡¡ Hay varios kilómetros, pero parece un nido. Subidón de adrenalina. Saco mapas y papeles y anotó todo lo posible, no sea que luego me pierda. Luego cojo el coche y mapa en mano me pongo en marcha. Me acerco y pie en tierra subo la terrible cuesta en busca del nido. Allí está: una gran plataforma en la cruz de un gran roble, donde abren las primeras ramas. Los alrededores están quemados, en otro roble cercano ya muerto hay otro nido grande, tal vez de las mismas cigüeñas. Uno de tantos incendios ¿quizás este invierno? ¿el verano anterior? El nido está tranquilo. Sigo subiendo y se asoma un pollo a medio emplumar. Infla el cuello como un marabú y emite un "mugido"¿querrá asustarme? Asoma otro pollo. Subo un poco más y veo perfectamente el interior. Dos pollos que se quedan tumbados y tranquilos. Me voy, pues sobro.

Difícil explicar lo que uno siente en estos momentos. Además estoy casi seguro que es un nido desconocido, fuera de censos oficiales.
Javier Prieta.

 

Muchos de los foreros tienen hijos, algunos muy pequeños, y una preocupación subyacente de algunos mensajes es la de heredar a nuestra progenie la misma sensibilidad de cara a la naturaleza, el mismo placer al verla y la misma preocupación para conservarla. A José Antonio López una conversación de buenas noches con su hija le hizo reflejar sobre todo lo que estaba viendo y sintiendo.

- "Papi, papi ¿qué has visto hoy?". Me preguntaba mi hija mientras le arropaba por la noche.
- "He visto como mamá águila imperial daba de comer a su polluelo"
- "¿Pero no decías que eso era imposible de ver? Y ahora lo ves todos los días"

Esta pequeña conversación mantenida con mi hija Clara me hizo pensar. Pensar y recordar. Recordar tantos instantes únicos que nos está dando esta primavera. Y al hacerlo, imaginar y sentir.

Sentir la ternura mientras la emperatriz cebaba a su único pequeño. Imaginar la emoción y el nerviosismo del pequeño pico menor mientras salía del nido hace once días.

Y a los tres muchachotes de búho real, haciendo planes, mientras hacían sus primeras correrías nocturnas.

Y ver a la Cigüeña Negra con el anillo “CHN” en Monfragüe, embelesada pensando en su amante, mientras van creciendo sus dos polluelos y el vecino de enfrente le mira pensando como desahuciarla el año que viene.

Al mediodía 40º abrasan La Tajadilla, mientras el milano mantiene su pico abierto y las alas extendidas intentando una sombra imposible para su pequeño y el trío de "buitres egipcios" siguen siendo la comidilla de la familia cuervo; "que si esto es un escándalo", "que si te has fijado como tienen la casa de guarra".

No muy lejos encontré en un eucaliptal como el ave del año volvía a casa. La prudencia hizo que mirara con el telescopio a demasiada distancia para hurgar en su intimidad, pero me sentía dichoso sabiendo que allí estaba otra "familia feliz".

Y para acabar a última hora de la tarde, “viaje al África” sin salir de Extremadura. A la izquierda el Ibis eremita, a la derecha el elanio azul, y en la lejanía el águila culebrera. El color amarillo del campo bañado en esa luz especial del atardecer y uno allí en medio imaginando y sintiendo.¡Qué suerte tenemos!

Juan Antonio López

 

En el siguiente mensaje el tema de los niños nos enlaza con el problema sempiterno por estas fechas de los pollos que dejan el nido antes de tiempo. Es un mensaje del que os escribe.

Me gustó mucho hoy ver los instintos de mi hijo cuando encontramos un vencejo por el suelo que había dejado su nido demasiado pronto. Casi podía volar pero lanzado arriba volvió aleteando al suelo. A pesar del daño que hacen estos bichos con sus garras, me gustó mucho ver como la única preocupación de mi hijo, como la mía, fue la de evitar que la preciosa chispa de vida se apagase.

Lo dejamos agarrado a la tapia de mi jardín pero no se movió. Se me ocurrió "colgarlo" más alto, a la fachada de la casa, para darle más espacio para caer e intentar volar. Lo intentó una vez y cayó al jardín. Lo volvimos a "colgar" y esta vez salió rozando el suelo y se lanzó por la garganta, donde el terreno cae hacia abajo y creo que le dio la oportunidad de coger el truco de mantenerse en vuelo. Esperemos que sí. No lo vimos más.

Mi hijo estaba eufórico. Se me ocurrió lo mismo que cuando leía el email bonito de José Antonio López hace unas semanas y su conversación con su hija. ¿Quizás hay esperanza para el futuro?????

Dave Langlois.

 

El mismo problema de pollos indefensos fue el sujeto de otro mensaje mandado por Jesús Calle. Empieza como si fuera a ser la tragedia mínima de siempre pero luego desemboca inesperadamente en final feliz.

Este mes de junio un albañil del pueblo estuvo reparando el tejado de la torre de la Iglesia. Allí se encontró un pollo de Cárabo. Ni corto ni perezoso lo capturó y se lo llevó a su casa, lo metió un una jaula en la terraza e intentó alimentarlo. Pasados los días descubrió que alrededor de la jaula en el suelo había restos de salamandras, ratones, y demás bichos. Los padres del carabito estaban intentando alimentar al pollo aunque el pobre estaba en la jaula, a unos doscientos metros de la iglesia.
A Carlos, el albañil, después de comprobar el cariño paternal le pareció que lo que había hecho era una canallada y dejó al pollo fuera de la jaula para que continuara su vida.
Jesús Calle.